Roland Garros 2024 Asi es Djokovic el amigo de lo ITB BARQUISIMETO 17/06/2024

Es un tenista que, lesionado desde el inicio del segundo set, gravita sobre una sola pierna, expuesto, teóricamente, a un destino irremediable: el de la derrota, el del adiós y el de la pérdida del número uno. Toda la desgracia unida. Todo está en contra de Novak Djokovic, malhumorado el serbio y con un pie y medio (si no más) fuera del torneo, salvo esa esquirla de fe a la que una y mil veces se ha agarrado el para sortear los abismos y llegar allí donde ningún otro ha llegado. Todo apunta contra él, dolorido y con un larguísimo infierno por delante, casi cuatro horas de penuria en las que pelea contra la fuerza de la lógica, contra lo racional, contra una circunstancia límite. Todo le aboca hacia la caída, pero lo del balcánico tiene mucho de increíble y al final encuentra la llave del candado: 6-1, 5-7, 3-6, 7-5 y 6-3, después de 4h 39m. Su rival, Francisco Cerúndolo, agacha la cabeza y no se lo cree. El público de la Philippe Chatrier se pellizca, por si fuera un sueño.

Maldice Novak Djokovic y proyecta su frustración hacia la juez de silla cabreado, resignado, rebelándose contra un desenlace fatal. Todo conduce hacia ahí, todo le molesta. Sobre todo, esa rodilla derecha lastimada al hacer una maniobra aparentemente liviana, sin complicaciones, y menos para un superdotado físico como él, puro chicle, de goma. Se ha adjudicado el primer parcial, pero desde ese instante, 2-1 abajo en la segunda manga ante Francisco Cerúndolo, vive un infierno. “Me he jodido la rodilla, me estoy resbalando todo el rato. Lo único que os pido es que barráis más a menudo los fondos”. “Se supone que los supervisores están para mirar por los jugadores y te estoy diciendo, como jugador, que la tierra está mal”, suplica durante una tregua a la árbitra Aurélie Tourte, cuando por su mente probablemente ya haya cruzado el pensamiento (inevitable) de que tal vez sea el final, y de que su suerte en este Roland Garros está ya dictada.

El subconsciente intenta acceder a esa mente privilegiada, la golpea con fuerza, una y otra vez. Pero falla. Nole cree. Es él, el amigo de lo imposible. Pocos adivinan una escapatoria ante esta situación terminal, pero él rema sobre esa pierna izquierda y encuentra buen puerto. “¡No-le! No-le! ¡No-le!”. “¡I-de-mo! ¡I-de-mo! ¡I-de-mo! (¡Vamos!)”, le jalea la acalorada central de París, intentando reavivar un partido que parece (parece, nótese la insistencia) muerto. Sería lo lógico. Es un tenista lesionado, sobre medio apoyo, moviéndose sobre cuatro losetas para generar fuerza de la nada y, por si fuera poco, en horas bajas. En blanco este año y alcanzados ya los 37 años, lo normal tal vez sería que el serbio —prácticamente todo lo ganable ya ganado, sin espacio apenas en la vitrina— se rindiera, que desistiera, que no se enfrascase quizá en refriegas de este calibre; pero ahí está él, eternamente insurgente, rebelde con causa en la pista, capaz de darle la vuelta a casi todo. Ayudan pastillas y masajes.

Poco importa que Cerúndolo (25 años y 27 de la ATP) le tenga contra las cuerdas, que el argentino vaya 4-3 arriba en el cuarto parcial y que él tenga que renunciar a un buen puñado de carreras porque el esfuerzo será en vano, inútil. Procede la inteligencia y la buena mano. Así que se parapeta en esa pequeña trinchera imaginaria del fondo y tira una y otra vez de compás, de direcciones y de agallas, con toda la grandeza que envuelve una carrera repleta de giros de guion y de triunfos antes las vicisitudes. Hay un revolcón cuando se le va un pie y se reboza contra su voluntad. “¡Bien hecho, supervisor, bien hecho! ¡No resbala ni es peligroso, claro!”, protesta de nuevo, buscando con la mirada al hombre y enseñando el pulgar hacia arriba, irónico. Entonces cae el break (4-4) y al adversario, tiritando ya, le sobreviene un ejército de historia encima, los 24 grandes, la interminable lista de récords y todos esos episodios en los que Djokovic logró escapar de las llamas.

“¡Vamos con todo, ché, ¡dale, dale!”, animan desde el banquillo a Cerúndolo, sabiendo que ahora es su chico el que está destinado a caer hacia las profundidades, perdido de verdad porque Djokovic, el mismo Djokovic que dos noches antes había salvado el pescuezo contra Lorenzo Musetti, a las tres de la madrugada, tras 4h 29m y también en cinco sets, se agranda y hace el avión tras una maniobra circense en la red, estirándose, abriéndose de piernas, acolchando la pelota y enfilando ya los cuartos de final contra Casper Ruud (7-6(6), 3-6, 6-4 y 6-2 a Taylor Fritz). Victorioso, pero breve, se despide el de Belgrado de la central, dirigiéndose a la grada en francés. “¿Cómo lo has hecho?”, le pregunta Mats Wilander. “Es exactamente lo mismo que me preguntó Àlex Corretja el sábado”, responde el defensor del título, el Houdini de la raqueta. Increíble pero cierto: lo ha vuelto a hacer. De resurrección en resurrección. “Como el otro día, esta victoria es vuestra. No sé muy bien qué ha pasado, la única explicación que le encuentro para haber ganado es por vosotros”.

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