Mientras el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, pedía este viernes al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que hiciese “más para proteger a los civiles” en Gaza y Cisjordania, las imágenes de cadáveres y heridos por bombardeos se sucedían en la Franja en pocas horas: dos a las puertas de hospitales; en uno de los casos contra una ambulancia que ―según el ejército israelí― estaba utilizando “una célula terrorista de Hamás”. En las imágenes de televisión se puede ver cerca de una decena de cuerpos sin vida en el suelo, la mitad de ellos niños; gazatíes levantando heridos del suelo y un convoy de ambulancias de la Media Luna Roja Palestina en fila, una de ellas manchada de sangre. Horas antes, en un esperado discurso, el líder del partido-milicia Hezbolá, Hasán Nasralá, alejó el riesgo de una escalada regional inminente. Se limitó a advertir de que su implicación en la guerra ―potencialmente amplia, pero de momento moderada― dependerá de cómo actúe Israel en Gaza y en la propia frontera libanesa.

“Habíamos informado a la Cruz Roja, de acuerdo con el derecho internacional, de que íbamos a mover un convoy con heridos en ambulancias desde el hospital Al Shifa”, dijo el portavoz del Ministerio de Sanidad del Gobierno de Hamás, Ashraf al Qudra, que asegura que hubo dos bombardeos: uno a las puertas del hospital y otro, en una plaza situada a un kilómetro, en Ciudad de Gaza, la capital que rodean las tropas israelíes.

En un comunicado, el ejército israelí asegura que “varios operativos terroristas de Hamás murieron en el bombardeo” y enfatiza que se trata de una “zona de combate” que deben evacuar los civiles. Unos 20.000 palestinos se refugian de los ataques en Al Shifa, en cuya evacuación insisten las fuerzas israelíes porque aseguran que alberga en el subsuelo el centro de mando de Hamás.

Poco después, la cadena Al Jazeera mostró otro bombardeo frente al Hospital Indonesio, en el campamento de refugiados de Yabalia. Según su director, Atef al Kahlut, han muerto unas 50 personas, un 40% de ellos niños.

“No hay lugares seguros”

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Ambos centros están en la zona norte, que Israel bombardea incesantemente y en la que presiona a los civiles (incluidos los que están en los hospitales, que han recibido varias advertencias) para que se concentren en la mitad sur, a fin de avanzar libremente en su misión de “destruir a Hamás”. La agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA) ha “perdido contacto con muchos de los refugios” en esa zona, ha señalado este viernes su director en la Franja, Thomas White. “Se trata de gente que busca refugio bajo la bandera de Naciones Unidas, protección de acuerdo al derecho internacional humanitario […]. Seamos claros: no hay lugares seguros en Gaza ahora mismo”, ha añadido.

La del viernes ha sido una jornada del contraste entre las imágenes de cadáveres y los apretones de manos diplomáticos. A menos de 100 kilómetros de Gaza, el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, reiteraba en Tel Aviv su apoyo a Israel (“no solo tiene el derecho, sino la obligación de defenderse”, ha dicho), aunque con cientos de muertos al día, pedía a Israel que “haga más para proteger a los civiles palestinos” en su ofensiva y “todo lo posible” para permitir la entrada de ayuda humanitaria a través de Egipto, que se limita a decenas de camiones diarios, sin combustible.

En su tercera visita a la zona, el jefe de la diplomacia estadounidense también ha tenido palabras para Cisjordania, donde los colonos ultranacionalistas han expulsado de sus hogares a cientos de palestinos y las cifras de muertos son inéditas en dos décadas. También allí, ha dicho, se debe “proteger a los civiles” y “detener la violencia extrema contra los palestinos”.

El tema central del viaje eran las “pausas humanitarias”. Las ha vuelto a pedir Blinken y, “con urgencia”, el alto representante exterior de la UE, Josep Borrell, en una conversación con el ministro israelí de Exteriores, Eli Cohen. Su formato se negocia vinculado a la liberación de los más de 200 rehenes en Gaza y mientras las tropas israelíes avanzan en el enclave, estos días a mayor velocidad. Por un lado, es una estrategia para presionar a Hamás a canjear los rehenes. Por otro, Israel es consciente de que el paso de las semanas y la acumulación de cadáveres que deja su ofensiva irán erosionando el visto bueno que recibió de Occidente tras los 1.400 muertos del ataque de Hamás, el pasado día 7.

Heridos en Gaza tras ataque al hospital Al Shifa
Heridos tras el ataque israelí a una ambulancia junto al hospital Al Shifa en Gaza, este viernes. Mohammed Al-Masri (REUTERS)

Este viernes, de momento, Netanyahu ha sido claro: “Continuamos con todas nuestras fuerzas e Israel se niega a una tregua temporal que no incluya la liberación de nuestros rehenes”. Es decir, nada de rehenes por miles de presos palestinos, como pide Hamás, sino secuestrados a cambio de una pausa en los ataques y la relajación del bloqueo completo (nada de combustible, y decenas de camiones con agua, comida y medicamentos solo para el sur) que mantiene sobre la Franja, según filtraciones a medios locales.

“Ambigüedad constructiva” de Hezbolá

Una tercera imagen ha marcado la jornada. Tras casi un mes de silencio y de guerra en Gaza, Hasán Nasralá, el líder del partido-milicia libanés Hezbolá, ha dado su discurso más esperado. Muchas miradas estaban puestas en qué mensaje trasladaría el grupo armado más potente en una frontera israelí, donde el ejército se encontraba en alerta “muy alta”. Ya libraron en 2006 una guerra que acabó en tablas.

Consciente de la expectación, Nasralá no se ha dirigido solo a los miles de seguidores que lo escuchaban en pantallas ondeando las banderas amarillas del movimiento. Ha hablado pensando en el resto del mundo y “con ambigüedad constructiva”, como ha dicho al subrayar que “todos los escenarios están sobre la mesa” en el frente libanés. “Lo repito, todas las opciones están ahí y en cualquier momento podemos optar por cualquiera”, ha insistido.

Desde el ataque de Hamás, su aliado en el denominado “eje de la resistencia”, Hezbolá se ha limitado a escaramuzas en la frontera en las que ha perdido medio centenar de milicianos. Aunque carecen de precedentes desde la guerra de 2006, estos ataques están lejos del potencial de Hezbolá, por lo que provocan en Israel más preocupación y movilización castrense que muertes en la frontera.

Nasralá no lo ha obviado y se ha dirigido tanto a quienes ven tímida su involucración como a los que temen una escalada que derive en guerra regional abierta. A los primeros les ha dicho que su papel actual “puede parecer pequeño”, pero es el “más significativo”, en cuanto a “herramientas, estrategias, armas e incluso objetivos”, y obliga a Israel a derivar muchas tropas a la frontera norte. Pero, sobre todo, ha aclarado, no es definitiva. “Os lo aseguro: esto no será el final, no será suficiente”, ha señalado con un símil de boxeo: “La victoria llegará a los puntos, no por KO”.

A los segundos ―aquellos que temen que Hezbolá arrastre a un Líbano en ruina económica e institucional a una guerra contra el ejército más poderoso de Oriente Próximo― les ha dicho que si se hubiesen limitado a “emitir declaraciones de condena”, Israel “estaría atacando Gaza con toda su fuerza”. “Algunos dirán que estamos jugando con fuego, pero tiene sentido [lo que hacemos]”, ha aclarado.

Entre la retórica triunfalista y muchas frases sobre la fragilidad que mostró Israel en el ataque de Hamás, que definió como un “terremoto de seguridad, militar, político, diplomático e incluso psicológico”, Nasralá mandó un mensaje bastante claro: Hezbolá entrará más o menos en juego en función de dos elementos. Uno, “el desarrollo de los acontecimientos en Gaza”, donde “el enemigo tiene que calcular sus movimientos” porque puede dar a la milicia libanesa “más fuerza y constancia”. Otro, la propia frontera que comparten, donde ha amenazado con cobrarse en la misma medida en Israel cada muerte de un civil en Líbano.

Manifestación en apoyo a Hassan Nasrallah, líder de Hezbolá .
Seguidores del líder de Hezbolá, Hasán Nasralá, durante su discurso sobre la guerra, este viernes en Beirut. WAEL HAMZEH (EFE)

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