Nuestro querido y recordado viejo, el padre José María Rivolta, gran amigo y maestro, dijo una vez en misa, en su homilía dominical, que el secreto para hacer de los hijos muchachos sanos, alejados del flagelo de la droga, era el amor familiar, la comunicación y la amistad con los padres, primordialmente. Mencionó que cómo era posible que buscaran en la calle a los mejores amigos, cuando nadie los iba a querer más o comprender mejor que la madre o el padre.

Personalmente, creo que ese fue el éxito de mis padres con nosotros, especialmente de mi mamá y el ejemplo que quisimos seguir Miguel Ángel y yo, que fuimos quienes tuvimos la dicha de ser padres, de los cuatro hermanos.

Magaly Feo, mi madre, fue mi mejor amiga. Lo más increíble es que, al hablar con mis hermanos, veo que también fue la de ellos. Sus enseñanzas, su manera práctica de ver la vida, estoy convencida de que nos han ayudado a ver las cosas desde otro punto de vista. Como ella decía, buscarles el lado bueno a las cosas, porque lo que pasa, siempre es lo mejor, siempre hay que pensar que todo tiene su lado positivo. Apoyaba la teoría de Erich Fromm que afirma que, cuando uno es feliz, nada opaca esa felicidad, así esté triste o alegre. Se puede estar muy triste y ser feliz al mismo tiempo, no hay contradicción en eso.

Yo le contaba todo, absolutamente todo y ella confiaba en mí. Mis secretos no lo eran para ella. Hablábamos de cosas que jamás hubiera conversado con mis amigas, por más cercanas que fueran.

Sus consejos no eran como los de las madres convencionales de mi época, indudablemente estaban adelantados. Definitivamente era intelectual, amante de su profesión, de la lengua española, de la docencia y de que las cosas se hicieran bien. Recuerdo que pensaba que, a la mayoría de las amas de casa, se les iba la vida en mantener una casa impecable, descuidando muchas veces, lo más importante, el ser, la pareja, las personas que conformaban el hogar.

Criticaba a aquellas amas de casa que saturaban a sus familias con las malas noticias del día, que lo que conseguían era que el marido prefiriera salir a “echarse palos” con amigos y que los niños prefirieran jugar todo el día en la calle a estar en su casa. “Tienen al marido y a los niños vestidos de punta en blanco, a la moda, con almuerzo a la hora y todo en su lugar, pero en realidad, viven en un infierno”.

Muchas veces, el conversar con ella, nos hacía acostar de madrugada, pero qué bien me caía.

Mis hermanos contaban que, con ellos, también tuvo siempre una palabra adecuada. Sus regaños o amonestaciones venían cargados de enseñanza, no había humillaciones ni castigos, todo se conversaba.

Resumiendo un poco quién era, Magaly Feo Codecido de Correa, nació en Valencia, hija, nieta y bisnieta de carabobeños. Basado en la historia de su familia paterna, los Malpica, mi padre escribió la novela “La Saga de los Malpica o Josefa Hidalgo”. Se graduó de Bibliotecónoma en la Universidad Central de Venezuela, hizo un postgrado en Documentación en Madrid y era profesora titular de la Universidad de Carabobo.

Cuando prematuramente se fue, a los cincuenta y seis años, era la jefe del Departamento de Lengua y Literatura de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo. Había sido galardonada con la Gran Orden Imperial de Santa Helena y recibió un Master Honoris Causa por la International Philo-Bizantine Academy and University. Escribió los libros “Bibliotecología para profanos”, “Por nuestra lengua con humor” y dejó dos por editar, “Mil y más refranes y dichos venezolanos” y un diccionario de venezolanismos. Además, era articulista de “El Carabobeño” y tenía una sección de paremiología en la revista In-Fórmate.

Su energía era envidiable. Construyeron entre mi papá, mi hermano Miguel Ángel y Lisbeth, su novia, Jesús el jardinero y ella, la Tasca que adornó por años el jardín de mi casa de Guaparo. Esa tasca, La Tasca de Juan Correa, se convirtió en el lugar predilecto de prestigiosos personajes valencianos, como Rafael Betancourt Moreno, eminente psiquiatra, taurómaco y queridísimo vecino; Salvador Feo la Cruz, abogado insigne, orgullo de Carabobo, amante de la lingüística, primer Gobernador de la democracia; Teodoro Láscaris, príncipe de Grecia y premio Madonina en Filosofía; Leoncio Lucena Alvarado, Henrique Salas Römer, Pipo Irigoyen, Luis Cubillán Fonseca, Guillermo Mujica Sevilla, y tantos otros que ahora se me escapan; era la flor y nata de la intelectualidad. Y vinieron artistas y cineastas, Isabel Palacios, William Alvarado, Euro Navas, Agustina Martín, Leonardo Panigada, Melissa, Carlos Moreán, Amalia Pérez Díaz, Cecilia Martínez, Chile Veloz, Alberto Acuña, Carlos Mata, Luis Lamana, Milton Crespo, Augusto Pradelli, Carlos Pineda… Siempre había una excusa para ir a la tasca.

Ahora que se acerca el día de la madre, me parece justo rendirle este pequeño homenaje a la mía, aunque me quedó mucho por decir. Se nos fue el 5 de abril de 1988. El día del entierro, pude corroborar que mi madre tenía razón con la teoría de Erich Fromm, sentí en el día más triste de mi vida, que era extrañamente feliz, la sabía con Dios.

Como a los tres meses de la muerte de mi madre, compré El Carabobeño, y había en él un artículo de mi hermano Juan Pablo, se titulaba Magaly Feo, mi mejor Amiga. Insisto, Magaly Feo era la mejor amiga de Juan Pablo, y la de Miguel Ángel y la de Toby y la mía. Feliz día de la madre.

anamariacorrea@gmail.com

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