Netanyahu enfria las esperanzas de un alto el fuego permanente ITB BARQUISIMETO 17/06/2024

Da igual el país que lleve el peso de la mediación para lograr un alto el fuego en Gaza, los detalles del borrador de acuerdo o que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, diga que “es momento de poner fin” a la guerra en la Franja. De una u otra forma, el diálogo indirecto entre Israel y Hamás para canjear rehenes por presos durante un alto el fuego acaba siempre, desde hace ya medio año, tropezando en la misma piedra: el fin de la guerra. Es el precio que exige la milicia islamista, dispuesta a entregar por fases a los rehenes, pero solo con la certeza de que Israel no retomará los bombardeos a mitad del camino.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu ―al que los socios ultraderechistas amenazan con abandonar la coalición si sella el acuerdo―, se niega a un alto el fuego permanente sin “destruir” antes la capacidad de Hamás para combatir y gobernar Gaza, algo que, a su juicio, no ha sucedido todavía y pasa por la ofensiva en Rafah. Lo ha reiterado este lunes, enfriando las esperanzas que generó Biden al anunciar solemnemente el viernes una “propuesta israelí” para poner fin a una invasión que se cobra cada día decenas de vidas en la Franja. “La guerra pararía para traer de vuelta a los rehenes. Luego mantendremos conversaciones”, ha puntualizado.

El discurso de Biden ya dejó el viernes varias preguntas en el aire. ¿Por qué, si se trataba de una propuesta israelí, la hacía pública el presidente de uno de los países mediadores, y no Netanyahu directamente? ¿Por qué, si Hamás la recibía “positivamente”, los tres países mediadores —EE UU, Egipto y Qatar— sentían la necesidad de emitir un inusual comunicado conjunto pidiendo a las dos partes “concluir el acuerdo” y mencionaba “los principios resumidos por Biden”? ¿Por qué cada vez que Biden exhortaba a Hamás a aceptar el acuerdo parecía dirigirse a Netanyahu? ¿Por qué advertía a los israelíes contra la idea de empantanarse en “una guerra indefinida en pos de una noción no identificada de ‘victoria total”?

Algunas de esas preguntas han obtenido respuesta desde entonces. Este lunes, Netanyahu ha puntualizado que hay “diferencias” entre el verdadero borrador que su equipo negociador puso sobre la mesa y lo que contó Biden. “La propuesta que presentó es incompleta. Hay otros detalles que el presidente de EE UU no presentó al público”, ha asegurado una reunión a puerta cerrada ante el comité parlamentario de Defensa y Exteriores de cuyo contenido dan cuenta medios locales.

Biden, aparentemente, buscaba justamente eso: forzar a Netanyahu ―un líder alérgico a las decisiones arriesgadas y a apearse del poder― a definirse, presentando solo las partes del plan que le meterían más presión. Nahum Barnea, uno de los principales comentaristas políticos del país, ironizaba con ello este lunes en el diario Yediot Aharonot: “Si el discurso de Biden fuese una película, habría empezado con el rótulo: ‘Inspirado en hechos reales”.

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Emboscada

La idea de esta suerte de emboscada era también exponer todo aquello que Netanyahu ha ido aprobando sin luz ni taquígrafos mientras repite en público los mismos mantras sobre la “victoria total”. O, como decía el comentarista político Ben Caspit en el diario Maariv: “Sacarlo por el pelo del armario en el que se ha acostumbrado a esconderse, exponiendo la propuesta israelí, presentando la situación con claridad y definiendo el dilema con inteligencia y precisión: […] ‘Ir con los estadounidenses, saudíes, emiratíes y el resto de aliados en la alianza anti-chíi o ir con [sus socios ultraderechistas] Itamar Ben Gvir, Bezalel Smotrich y los jóvenes de las colinas [los colonos ultranacionalistas más radicales]”.

Netanyahu no tiene problema con la primera de las tres fases que contempla el acuerdo. Se trata de una tregua de al menos seis semanas durante la que Hamás entregaría a una parte de los rehenes, tanto vivos (mujeres, ancianos, enfermos y heridos) como muertos. A cambio, Israel liberaría a cientos de presos palestinos, permitiría a los desplazados en el sur de Gaza regresar al norte (ahora lo impiden unos puestos de control), retiraría sus tropas de las zonas pobladas y permitiría la entrada diaria de 600 camiones con ayuda humanitaria. Hamás, por el contrario, no está dispuesto a malgastar una de sus escasas bazas tácticas para lograr otra tregua temporal, como la de noviembre, que le sirvió para ganar puntos ante los suyos a cambio de entregar sobre todo niños y ancianos.

El problema es el paso a la segunda, que se negociaría durante las seis semanas (o más si hiciera falta) de la primera y que concluiría―según dijo Biden citando de la propuesta israelí― en un “alto el fuego permanente”. El presidente de EE UU aseguró que Hamás ha sido machacado en ocho meses de guerra y no podría hacer otro ataque como el del 7 de octubre.

Netanyahu insiste, en cambio, en que las armas solo callarán por completo cuando Israel haya cumplido sus tres objetivos: “la destrucción de las capacidades militares y de gobierno de Hamás, la liberación de todos los rehenes y la garantía de que Gaza ya no represente una amenaza para Israel”. “La afirmación de que acordamos un alto el fuego sin que se cumplieran nuestras condiciones no es cierta”, ha recalcado este lunes en el Parlamento.

“Biden, sálvalos de Netanyahu”

El discurso de Biden movilizó a la oposición israelí, motivó una reunión extraordinaria del gabinete de guerra y fraguó la mayor protesta desde el inicio de la guerra, con decenas de miles de personas presionando en las calles de Tel Aviv para que el pacto salga adelante. Una de las pancartas hablaba por sí sola: “Biden, sálvalos de Netanyahu”, en referencia a los rehenes.

Según un sondeo difundido este domingo por el canal 13 de la televisión nacional, un 48% de los israelíes apoya el acuerdo y un 37% lo rechaza tal y como lo presentó el presidente de EE UU. Sea cual sea su opinión, solo una minoría atribuye consideraciones nobles a Netanyahu. Un 53% cree que su supervivencia política guía sus decisiones en el asunto.

Netanyahu se ve presionado por dos lados. Uno es el sector social y político que empuja por un canje, en las calles, en el Parlamento y en el propio Gobierno de guerra. El otro, parte de su partido (Likud) y la ultraderecha, con la que gobierna desde 2022. Sus dos principales líderes, Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, prometen dejar el Gobierno si firma el acuerdo. Ben Gvir, que no forma parte del minigabinete que toma las decisiones de peso, ha acusado este lunes a Netanyahu de “blanquear” el pacto y se ha indignado porque, asegura, no le quieren enseñar el borrador. Smotrich considera un alto el fuego permanente “peligroso” para la seguridad del país. Ambos quieren despoblar Gaza de palestinos, reconstruir los asentamientos judíos evacuados en 2005 y defenderlos con una presencia militar permanente.

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