Como curar la esclavitud o la celebracion musical de las ITB BARQUISIMETO 16/04/2024

Para quien vive encadenado, las formas de la libertad son maleables. El horizonte del cimarrón, lejos de configurarse como una línea plana, puede dibujarse en el aire desde cero, con la plasticidad del free jazz. De ahí que la música de la liberación no se ciña a unas melodiosas canciones confortables, sino que pueda estar hecha de pianos como serruchos, vientos (saxos, cornetas, flautas y clarinetes) cóncavos, acolchados o desgarrados, y coros que afloran de las profundidades de muchas lenguas y gritos percusivos.

Esta noción del horizonte abierto es la que transmite el álbum Spiritual Healing: Bwa Kayiman Freedom Suite (Sanación espiritual: la suite de la libertad del Bosque Caimán), que firma Jowee Omicil (Montreal, 1977) y que acaba de salir a la venta este 19 de enero.

Omicil, un virtuoso saxofonista canadiense hijo de la diáspora haitiana, practica el free jazz para contar la hazaña liberadora de sus ancestros, recordados por romper las cadenas de la esclavitud que les habían ajustado en las costas de África occidental y de poner la piedra basal de un nuevo Estado.

Porque, en el caso de Haití, no se trató solo de cimarrones —esclavos que se escapaban y se ocultaban en los montes— desperdigándose libres por los rincones ocultos de aquella América humillada. Aquellos desterrados se convirtieron en personajes centrales de su propia historia como país. Ellos sentaron las bases para construir una nación isleña que se emancipaba de las ataduras coloniales, con palabras en un criollo (o créole) mezcla de francés con lenguas africanas como el wolof, fon, ewé, kilongo, yoruba e igbo, con el agregado de expresiones y topónimos en lenguas de taínos (el arahuaca) y otros pueblos originarios americanos.

En efecto, Haití (que en arahuaca significa tierra de montañas) fue el primer país de América Latina en proclamar su independencia, en enero de 1804, tras una revolución abolicionista, iniciada por los afrodescendientes, una década antes. De esas primeras conversaciones y revueltas, conocidas como “El congreso del bosque Caimán” (o Bois Bwa Caïman), habla precisamente Omicil en su sexto disco, que es concepto y tributo a la mejor acepción de lo free (libre).

Aquella rebelión de esclavos del 14 de agosto de 1791 en el bosque Caimán —en lo que entonces era la colonia de Saint Domingue, bajo jurisdicción francesa, en la isla La Española— se convierte en una ceremonia de curación para la que Omicil convoca a las almas de los vivos y de los muertos a celebrar la valentía. “Porque hay que contar a los hijos cómo se consiguió la libertad”.

Como buena parte de los descendientes de aquellos esclavizados, Omicil sabe que sus abuelos llegaron al nuevo continente acompañados por divinidades veneradas en imperios antiguos de África

Conocido últimamente por su papel en The Eddy, la serie producida por Damien Chazelle (La La Land) para Netflix y, en el mundillo del jazz, como Mr. BasH, el compositor confiesa que para elaborar este álbum en el verano de 2020 —mientras estuvo confinado en su casa de París— sufrió, cantó, entró en trance y recitó, intentando encarnar los ritos iniciáticos de sus antepasados y abrazando todos los mestizajes antillanos.

Este músico, que se nutre de los estilos que aprendió en la prestigiosa escuela musical estadounidense Berklee, pero también de los más callejeros y contemporáneos (y que ha tocado con Branford Marsalis, Richard Bona, Marcus Miller, Wyclef Jean o Roy Hargrove) está convencido de que la verdad es liberadora. Y su modo de aproximarse a esa verdad es la improvisación que nace del cuerpo, e intentar franquear las puertas que abren las prácticas ancestrales. Así nace esta hora de música, en 21 segmentos que van integrándose naturalmente a lo que podría ser un relato de aquellas revueltas, con los primeros llamados a la reunión, las cavilaciones, las amenazas, los acuerdos para la acción y la dinámica de la lucha que se acelera con cada paso a ese nuevo horizonte.

Como buena parte de los descendientes de aquellos esclavizados que cruzaron el Atlántico contra su voluntad, Omicil sabe que sus abuelos y abuelas llegaron al nuevo continente acompañados por divinidades veneradas en imperios antiguos de África, como el reino de Dahomey (actual Benín). Entonces, desde las prácticas vudú y yorubas llegaron espíritus (o Iwas) que pueden llamarse Papa Legba (en Haití) o Eshu (en Brasil) y que custodian las fronteras entre el presente y lo intemporal y permiten los intercambios entre el mundo visible y la riqueza sobrenatural.

Aquel universo afroatlántico del siglo XVIII estaba, pues, regido por los principios bantúes-kongo y, por tanto, poblado de seres que confraternizaron desde diferentes orillas (y dimensiones) gracias a los mensajeros entre los dioses y los hombres, que atravesaban tiempos y espacios que, de este modo, dejaban de ser infranqueables para los esclavos. Por ejemplo, la leyenda cuenta que Eshu mató un pájaro “con una piedra que tiró ayer”. Esa poesía de la espiritualidad insufló coraje para lograr cambios radicales y es la fuente de inspiración de la que procura nutrirse un músico, varias generaciones después de que sus tatarabuelos desembarcaran en el Caribe. En esta magia lo acompañan Randy KerBer y Jonathan Jurion (piano), Arnaud DoLmen & Yoann Danier (percusión) y Jendah Manga (bajo).

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