Una noche de 1996, el director de cine Edward Zwick, que hacía dos años había dirigido Leyendas de pasión, se encontraba en una habitación de hotel frente al hospital Michael Reese en la ciudad de Chicago, donde su padre estaba a punto de morir, cuando recibió una llamada: “¿Piensas que puedes demandarme, gilipollas? No tienes ni idea de con quién estás tratando”, escuchó nada más descolgar. “Voy a destrozarte”, continuó la voz al otro lado de la línea. “Ah, hola, Harvey”, respondió Zwick. “Me aseguraré de que no vuelvas a trabajar en tu vida”, amenazó quien con toda seguridad el lector o lectora ya habrá reconocido como Harvey Weinstein. “Es medianoche, Harvey, mi padre está enfermo, no es un buen momento”. “Oh, así que tenemos un muchachito sensible, ¿he herido tus sentimientos? Que te follen. Voy a matar a toda tu puta familia, puto desgraciado”. “Ha sido agradable charlar contigo, Harvey, nos vemos en el tribunal”.

Para comprender las razones detrás de esa llamada hay que remontarse al inicio de la década de los noventa, al momento en que Edward Zwick conoció al guionista Marc Norman, quien le contó que estaba trabajando en una idea: la historia de cuando William Shakespeare escribió Romeo y Julieta. A Zwick, quien en 1989 había recibido su primera nominación a mejor director en los Globos de Oro por la película Tiempos de gloria, un drama histórico ambientado en la guerra civil estadounidense y protagonizado por Denzel Washington, le interesó la idea. Y la productora Universal decidió pagarles para desarrollar el guion. Es aquí cuando Norman integró el elemento romántico (y fundamental) de la película: aquella iba a ser la historia de un escritor enamorándose al tiempo que escribía una de las historias de amor más famosas de todos los tiempos, “pero por muy bien escrito que estuviera aquel guion, carecía del ingenio y la perspicacia de una comedia de Shakespeare”, escribió el propio Zwick en una pieza para el boletín The Air Mail, titulada, precisamente, O no ser, donde narró los entresijos detrás de la película que nunca llegó a dirigir y que hace justo 25 años, el 11 de diciembre de 1998, llegó a las salas estadounidenses: Shakespeare in Love.

Para conseguir el ingenio y la perspicacia shakespeariana, el director propuso a los estudios Universal contratar al prestigioso y aclamado dramaturgo británico de origen checo Tom Stoppard y limar aquel guion. Stoppard, que contaba con una amplia experiencia en el teatro londinenense, dijo que aceptaría a cambio de un millón de dólares. Universal dijo que ni hablar. “Hasta que Julia entró en escena, ni más ni menos”, cuenta Zwick; “alguien, probablemente su agente, había escuchado algo sobre el proyecto y le dijo a Universal que Julia estaba interesada en protagonizar una comedia romántica histórica, en concreto, esta”. Julia era Julia Roberts, quien en 1990 había protagonizado Pretty Woman, y había aparecido en populares cintas como Magnolias de acero o El informe pelícano, y era ya, oficialmente, la nueva novia de América. Universal firmó el trato, el guion se terminó y, en 1991, comenzó la producción. El director, los guionistas y la actriz principal volaron a Inglaterra. Se aseguraron localizaciones por todo Londres, se construyeron otros enclaves y se comenzó a trabajar en vestuario. Mientras tanto, faltaba una pieza clave: el Romeo.

En aquella época, Julia Roberts (y, posiblemente, también su representante) ya había puesto en marcha la estrategia que la llevaría a recoger, en el año 2001, el Oscar a mejor actriz por Erin Brockovich. Esto incluía compartir cartel con actores respetados por la crítica y, a poder ser, también galardonados. Roberts decidió que su compañero en aquella película debía ser Daniel Day-Lewis, que en 1990 había ganado el Oscar a mejor actor por Mi pie izquierdo. El problema era que él acababa de comprometerse con el proyecto de su íntimo amigo Jim Sheridan, que llevaba por título En el nombre del padre. Y pese a los encantos y los numerosos intentos de acercamiento por parte de Roberts —le llegó a enviar un ramo de rosas con la nota “Sé mi Romeo”—, Day-Lewis no cedió.

Gwyneth Paltrow y Joseph Fiennes en el Globe Theatre, al sur de Londres, antes de ofrecer un espectáculo de Shakespeare para Carlos de Inglaterra, entonces príncipe de Gales. Ella acababa de recibir su Oscar. Interpretaron una escena de 'Romeo y Julieta' para la ocasión.
Gwyneth Paltrow y Joseph Fiennes en el Globe Theatre, al sur de Londres, antes de ofrecer un espectáculo de Shakespeare para Carlos de Inglaterra, entonces príncipe de Gales. Ella acababa de recibir su Oscar. Interpretaron una escena de ‘Romeo y Julieta’ para la ocasión.John Stillwell – PA Images (PA Images via Getty Images)

Cuenta Zwick que la negativa del actor irlandés dejó a Roberts destrozada. Y poco importaba a qué compañero le pusieran delante —por el casting pasaron nombres de la talla de Hugh Grant, Rupert Graves, Colin Firth, Sean Bean e incluso Ralph Fiennes, detalle curioso porque, finalmente, el papel recayó sobre su hermano, Joseph Fiennes—, porque Roberts ni siquiera se molestaba en leer correctamente el guion que tenía delante para la prueba. Es más, según relata Zwick, ni siquiera se molestó por intentar fingir un acento británico y leía sus textos con un marcado acento estadounidense. Una mañana, Zwick se dio cuenta de que la actriz había abandonado su habitación de hotel. Tras intentar localizarla por todos los medios posibles, finalmente llamó a Tom Pollock, uno de los jefes de Universal. Pollock le informó que Julia Roberts había decidido abandonar el proyecto y, aunque intentaron retenerla, su decisión parecía fija. “¿Puede hacer esto? ¡Ya hemos gastado millones!”, preguntó el director. “Seis millones, concretamente”, reveló el productor. Sí, era Julia Roberts, podía hacerlo. Y la producción se canceló.

Universal seguía teniendo los derechos de la cinta, pero sin un nombre con tanto tirón como el de Julia Roberts, y con un agujero inicial de seis millones de dólares, poco se podía hacer. Shakespeare in Love quedó en un cajón por tiempo indefinido. Hasta que el mandamás de Miramax decidió abrirlo.

Harvey Weinstein se interesó por el trabajo de Edward Zwick después de ver Leyendas de pasión. Cuenta el director que un buen día quedaron para tomar algo y Weinstein le dijo que estaría encantado de producirle cualquier cosa que tuviera entre manos. Zwick le habló entonces de Shakespeare in Love. Weinstein llamó a Universal y, cuando se enteró de la deuda de seis millones, no volvió a hablar con Zwick. “Durante los siguientes cuatro o cinco años, mostré aquel guion, a menudo más de una vez, a todos los estudios que tuvieran algo de dinero. Todos dijeron que no”, explica Zwick. Un día, en 1996, mientras se encontraba en Nueva York a la búsqueda de localizaciones para su próxima película, leyó la noticia de que Harvey Weinstein y Miramax habían comprado los derechos para grabar Shakespeare in Love el próximo año. Nadie le informó de aquello, así que Zwick se puso en contacto con sus abogados. Acto seguido, se produjo la amenazadora llamada con la que arranca este artículo.

En 1996, una joven rubia, bronceada y de aspecto típicamente posh californiano era la chica de moda en Hollywood: Gwyneth Paltrow. Seven, estrenada en 1995, y en la que compartía protagonismo con su entonces pareja, Brad Pitt, la había convertido en una superestrella. Un año después se estrenaron Sydney, de Paul Thomas Anderson, y Emma, basada en la novela homónima de Jane Austen. Fue apodada como “primera dama de Miramax”, incluso “musa residente” de la productora. Había rodado cinco películas con Harvey Weinstein. “He escuchado esta historia unas cuantas veces… Gwyneth [Paltrow] y Winona [Ryder] eran mejores amigas. Y cuando Gwyneth estaba pasando unos días con Winona, encontró el guion de Shakespeare in Love que yo le había mandado a Winona”, cuenta Zwick, “y Gwyneth le dijo a Harvey que quería hacer la película”. Su amistad se rompió para siempre. Pero Gwyneth se convirtió en Viola de Lesseps en la esperada Shakespeare in Love.

Paltrow, Oscar en mano.
Paltrow, Oscar en mano.Evan Agostini (Getty Images)

Zwick no pudo con Weinstein. Después de recibir amenazas y chantajes por parte del todopoderoso productor, se hizo a un lado o, más bien, se conformó con las migajas de aquel pastel. El rodaje coincidía, casualmente, con el de la película en la que estaba trabajando el director, Estado de sitio, una cinta de suspense protagonizada, de nuevo, por Denzel Washington en compañía de Annette Bening y Bruce Willis. Zwick se enteró más adelante que aquello fue una estrategia de Weinstein para alejarle de la dirección. “Entre las muchas cosas que me prometió Harvey, estaba incluir mi rol central como productor de la película, además de que mi productora, Bedford Falls Productions, aparecería en los créditos”. Bedford Falls Productions aparece, como prometió Weinstein, en Shakespeare in Love. En concreto, sobre la imagen de unas heces de caballo.

Shakespeare in Love se estrenó el 11 de diciembre de 1998, dirigida por John Madden. Solo en Estados Unidos recaudó 100 millones de dólares. En todo el mundo, 289 millones. A Miramax le había costado 25. Fue un enorme éxito en el Reino Unido. Recibió grandes alabanzas por parte de la crítica y fue nominada a 13 Oscar, logrando ser la cinta que acumuló más candidaturas ese año. Pero la ceremonia de aquel año también estuvo manchada por la controversia. La mayor competidora de Shakespeare in Love era Salvar al soldado Ryan, dirigida por Steven Spielberg. La primera se llevó la estatuilla a mejor película, la segunda se alzó con la de mejor director. Harrison Ford fue el encargado de anunciarlo: Edward Zwick subió al escenario a recoger el premio, visiblemente incómodo al lado del resto de productores (Donna Gigliotti, Marc Norman, David Parfit y Harvey Weinstein). Fue el único que no habló.

En Hollywood se consideró un enorme tongo, provocado por la agresiva campaña de promoción que había llevado a cabo el propio Harvey Weinstein. Si al lector o lectora le resulta familiar la frase de que de “Salvar al soldado Ryan solo merecen la pena los primeros 15 minutos”, debe saber que esa frase fue inventada por Weinstein. Paltrow recibió aquella noche el Oscar a mejor actriz, pasando por encima de Cate Blanchett por su papel en Elizabeth. “Quiero agradecer a Harvey Weinstein y a todas las personas de Miramax Films por su increíble apoyo”, dijo en su discurso de agradecimiento, vestida de rosa y por Ralph Lauren. Judi Dench recibió su estatuilla a mejor actriz secundaria por su interpretación de la reina Elizabeth en la película, en la que aparecía tan solo ocho minutos. La película también se llevó los premios a mejor guion, mejor dirección artística, mejor vestuario y mejor banda sonora y, con esos siete galardones, fue coronada como la gran ganadora de la noche. Salvar al soldado Ryan se alzó con cinco.

El papel de la actriz principal de la cinta sería muy distinto años después. Tal y como se reveló en el libro She said: La investigación periodística que destapó los abusos de Harvey Weinstein e impulsó el movimiento #MeToo (Libros del K.O), Gwyneth Paltrow se convirtió en una figura clave para desenmascarar a Harvey Weinstein y poner en marcha el movimiento que haría que Hollywood se tambalease, al ser una de las fuentes principales de las periodistas Jodi Kantor y Megan Twohey que publicaron el resultado de sus investigaciones una serie de artículos en The New York Times. El otrora rey de Hollywood cumple condena en el centro penitenciario de las Torres Gemelas, en el centro de Los Ángeles, por violar a numerosas mujeres cuando estaba en lo más alto de la industria. En 2015, The Hollywood Reporter organizó una encuesta a cientos de miembros de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, donde les pidió volver a emitir sus votos en contiendas históricas, en un referéndum (sin validez, pero con mucha miga) sobre qué películas habían resistido mejor el paso del tiempo. Escogieron Salvar al soldado Ryan por encima de Shakespeare in Love.



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